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DE LAS MEJORES HISTORIAS QUE HE LEIDO


DE LAS MEJORES HISTORIAS  QUE HE LEIDO

El gran Secretariat

Esta linda historia apareció hace algún tiempo en el Facebook del haras Cuatro Piedras, de Uruguay, y está relacionada con uno de los personajes que trabajaron en el cuidado de dos de los más grandes caballos de Estados Unidos: Secretariat y Stormy Jones. El primero, ganador de la triple corona y el otro vencedor de las dos primeras gemas pero que no pudo alcanzar la gloria cuando se lo impidió el peruano Edgar Prado en la silla de Birdstone y lo derrotó en los últimos metros.

No aparece el nombre de la persona que la cuenta, pero es una historia tan increíble que parece mentira, aunque tiene muchísima riqueza de detalle.

Es bastante larga pero la reproduzco para el deleite de los amigos del grupo. Aquí la nota:


"Ya se, usted va a decir que puede saber este viejo, si apenas ve, habla lento y no tiene fuerza para hacer cabestrar un potrillo, pero hubo una época cuando supe hacerlo bien.

Acomode la pava, armo un mate y le cuento.

Yo lo conocí a Eddie, el peón de Secretariat. Sí, yo conocí a Eddie Sweat. Trabajamos juntos y me enseñó todo lo que yo sé. Al amigo hay que quererlo y demostrárselo, me decía. La única forma en que un caballo gane es que pasas tiempo con él. Que lo ames. Que le hables. Que le demuestres que estás tratando de ayudarlo. Que lo conozcas. Eso es lo que tienes que hacer. Ámalo y el caballo te amará. Eso era el catecismo de Eddie, y funcionaba, nunca les dijo caballos, ni matungos como tantos otros, él les decía amigos. Les hablaba y parecía que lo entendían.

Nunca un grito. Nunca un golpe. Siempre hablándoles en ese inglés chapurreado, mezclando las palabras francesas que le había enseñado Laurin y que Eddie decía que lo hacían distinguido, un negro distinto, un negro que sabía decir bonjour.
Con Secretariat fue así. Eddie trabajó mucho para ganarse su confianza. Ese amigo como él decía no se la daba a cualquiera, y era un animal grande, nunca vi uno tan poderoso. Cuando corría cerca de ti, el suelo temblaba.

Había llegado a principio de los setenta, Eddie era un chico todavía, pero ya hace años que sabía lo que era trabajar duro. Había empezado a los ocho en la granja cosechando algodón, y había descubierto que prefería la compañía de un caballo antes que la de los hombres. No te traicionan muchacho, me decía. Yo barría, cambiaba el agua y hacia cualquier otro trabajo que me pidiesen. No eran años fáciles en América.

Empecé a trabajar en el haras apenas unos meses antes. Un amigo de mi padre había trabajado con Laurin y me recomendó como un chico que sabía montar, callado y trabajador. En casa no sobraba nada y mis padres me despidieron con el consejo de cierre la boca y abra los ojos, y eso hacía.

Laurin era un viejo preparador. Conocía de caballos y no soportaba la flojera, ni en sus potros ni en sus empleados. Me recibió una mañana fría. Me contó que conocía bien al amigo de mi padre y que por eso me daba una oportunidad. Me presentó a Eddie. Dijo que iba a trabajar con él y que aprenda. Que un peón bueno podía tener un buen futuro. También me dijo que sus caballos eran más importantes que su familia y que no dudaría en echarme si algo les pasaba.

Eddie me sacó de la oficina y me llevó a los boxes. Me dijo que empezaría cambiando el agua, barriendo paja y rasqueteando caballos.  Rascando amiiiigos, como lo pronunciaba. Tuve que aprender rápido que amigos eran los caballos, el resto del mundo entraba en otras categorías menores.

Pasamos por cada uno de los boxes, me presento al amigo Riva Ridge, que había ganado el Derby de Kentucky ese año, Riva era un alazán claro, liviano y largo. El próximo en el pasillo era Secretariat. Era el caballo más poderoso que hubiera visto.
Secretariat no era fácil, ni para Eddie, sabia de su poder y lo mostraba en la pista y en los boxes. Eddie me dijo que no me acerque nunca por atrás, no me mueva rápido y que no hable fuerte, era un animal desconfiado, poderoso y temperamental.
Poco después de mi llegada tuve la oportunidad de correrlo en pista, los otros caballos parecían frágiles a su lado, sentía su fuerza entre las piernas, me cuesta explicarlo, yo soy más pesado que un Jockey, y en ese momento estaba entrenado, mis piernas eran fuertes, pero las apretaba y sentía su poder, el lomo hinchado, el cuello arqueado por la rienda que buscaba romper el freno y galopar. Terminaba cada sesión de entrenamiento con calambres en los brazos y en las pantorrillas, transpirando y asustado.


Los jockeys que lo corrieron en pista me preguntaban por él. Que les diera datos. Me quedaba callado pensando y no podía recordar un movimiento, o una maña, solo podía recordar su potencia. Creo que a ellos les pasaba lo mismo. Eran hombres varios kilos más livianos que yo. Corrían en medio de seis o siete caballos más y les costaba dominarlo. Ron Turcotte me confesó que correr a Secretariat fue la prueba más dura que le había tocado en su carrera como jockey.

El tiempo fue pasando y el amigo ganó todo. Eddie lo caminaba todas las mañanas y yo lo vareaba cada dos días. Cuando faltaban pocos días para correr la carrera que lo convertiría en el primer ganador en veinticinco años de la triple corona,  el mundo lo conoció. Venían curiosos a intentar verlo entrenar. Laurin lo escondía y nos encomendaba que nos concentráramos en la rutina. Que Secretariat no se altere. Para que, Eddie cada vez lo rasqueteaba más. Pedía que le cambiemos el agua cada dos horas. Lo vendábamos hasta dos o tres veces antes de un entrenamiento. No hacía falta. Secretariat era un crack. Hubiera ganado corriendo sin entrenar y tirando de un carro. El corazón de ese caballo era distinto.

El triunfo fue de todos. El stud entero festejó a su campeón. Hubo fiestas. Los amigos de la Señora Penny visitaron el haras y se sacaron cientos de fotos con Secretariat. Cobramos buenos premios y Laurin tomó un nombre muy importante en el mundo del turf. Eddie tuvo que repetir su consejo a miles de periodistas y lo publicaron en más de diez diarios. Ron Turcotte se afirmó como el jockey del año, nada era mérito nuestro, Secretariat lo habría conseguido solo.

Al año siguiente y después de dieciséis carreras ganadas lo jubilaron y lo convirtieron en reproductor. Secretariat tuvo hijos ganadores, pero creo que ninguno como él. Estuve en el stud de Doña Penny hasta que Eddie murió, a fines de los noventa. No me gustó como lo dejaron ir. Él había dado todo por sus caballos y al final murió sin un cuarto en los bolsillos, así que junte mis cosas y me fui.

Sabía que no encontraría otro Secretariat en mi vida, pero sus descendientes eran buenos, y yo sabría cuidarlos.

Busqué trabajo varios años, viviendo en pensiones, tocando puertas, el mundo del turf no tenía lugar para un vareador pesado. Hacían falta caballos grandes y de mucha potencia. Los entrenadores preferían jóvenes más agiles, con futuro de jockey. Yo intentaba explicar que después de entrenar corriendo con mi peso cuando los montaban con veinte kilos menos los caballos volaban.

Encontré trabajo en un stud de Philadelphia Park. Habían pasado tiempo desde mi partida. Ya no me quedaba más resto y negocie casa, comida y una pequeña mensualidad con la familia Chapman. Venían de una mala racha. Su entrenador John Cusak había sido asesinado en un robo en su casa y el viejo Chapman había caído enfermo por un enfisema por lo que en esos días había vendido todos sus caballos menos dos y por lo tanto no tenía mucho atractivo para la gente del negocio. Le quedaban dos potrillos sin domar y me mandaron con ellos a verlo a John Servis, este nos recibió, nos acomodó y me destinó a los caballos de Chapman. Me dediqué a criarlos, amansarlos de abajo, convertirlos en caballos de a poco, sin gritos, hablando y poniéndole la misma música a mis palabras que le ponía Eddie. Sabía que eso los calmaba, el resto era cuestión de sangre. 


Mire, si a mí me pregunta por el secreto de un caballo este no está en sus patas, ni en sus músculos. El secreto de un caballo está en su corazón. Algunos corren rápido, y otros te llevan a lugares que nunca pensaste serían capaces de llegar. Esos son los campeones.

Smarty Jones era uno de esos, tenía un cuerpo chico para la categoría y una mirada inteligente, pero desde una legua le veías el corazón. Lo veías al varearlo, al ensillarlo y al soltarlo.

Era descendiente de Secretariat y a mí con eso me bastaba. Este había sido elegido entre los cien atletas del siglo, ocupando el puesto treinta y cinco, y fue también el primer no humano de la lista, su descendiente no podía ser flojo.

Smarty Jones habia recibido el nombre por el apodo de una tía de Chapman. Nadie le depositaba mucha esperanza a su futuro, creo que por eso me lo dejaron criar a

mi. Cuando todo parecía encaminado tuvimos un nuevo golpe, Smarty se golpeó al entrar a una gatera. Yo le había dado la espalda así que no lo vi, pero sentí el ruido del golpe a unos metros y pensé que había muerto, sangraba de la cabeza y del ojo, corrimos a ayudarlo. Smarty no se movía. Parecía no respirar. Empecé a masajearlo en el pecho. Me sentía con el cerebro nublado. Alrededor todo pasaba en cámara lenta. Cuando volvío a respirar yo volví a respirar también. Servis dijo, este no corre más, va a quedar tuerto. Lo llevamos a una clínica equina en Nueva Jersey. Se había roto el cráneo, el hocico y la órbita del ojo. Pasó casi un mes en la clínica y casi otro entero suelto en el campo. En esos días no creo haberme despegado de él más que para dormir unas horas. Cuando volvío, habia que empezar todo de vuelta.

Empecé como me enseñó Eddie. Le hable, lo adule, lo desafié y fue creciendo como ganador. En la primera carrera que corrió ganó y ahí empezó una vida distinta para él. Pasó de estar a unas horas de ser sacrificado a ser el potrillo del año.
Ganó su primera y de ahí no paró más, incluidas Rebel Stakes, Arkansas Derby y Kentucky Derby,que no eran fáciles. No señor, ese año el hipódromo de Oakland Park había ofrecido 5.000.000 U$ al que gane las tres carreras. Smarty las ganó caminando y se encaminó para ganar la triple corona.


Esos días fueron tremendos. Hubo ofertas con cheques en blanco para comprarlo, fondos de inversión que lo veían como un número a repartir y no como un caballo.
Sigo pensando que eso distrajo a Servis. Después de ganar el Preakness Stakes por más de diez cuerpos cambió su trato. No es fácil estar a una carrera de la triple corona, ni ser el preparador más buscado de EEUU. La foto en el diario tiene un costo y faltó humildad para manejarlo. Empezaron a dedicar más tiempo a los periodistas y a los hombres de negocios que a Smarty.

Esa semana Homero Simpson se había declarado demócrata, hincha de los Laekers y fanático de Smarty Jones. Quizas esa fama los distrajo a la hora de planificar Belmont Stakes. Servis y Elliot el jockey de Smarty decidieron correr los 2400 metros de Belmont en punta, insistí durante toda la preparación que había que esperar la última recta, la arena de Belmont rompe vasos y pulmones, es una carrera de estrategia no solo de corazón. El peruano Edgar Prado y su caballo Birdstone nos la robaron cuando la teníamos ganada. Smarty intentó una recuperación. Lo vi en su cuello. Ese esfuerzo por retomar el ritmo pero ya no tenía tiempo ni músculos para recuperar la punta. Prado pasó pegando y aguantó los últimos metros mejor armado. Smarty entró segundo y yo me encerré en mi rincón a descargar mi tristeza.
Los más de cien mil fanáticos que habían llegado a Belmont se retiraron con la cabeza baja, habían ido a ver historia.

Sabe que, aguante algunos años en ese haras. Servis se habría equivocado en la planificación de Belmont, pero era un buen entrenador y un buen hombre. Me dejaron seguir trabajando pero enseguida Smarty fue puesto a trabajar de padrillo, y eso les cambia el carácter a los caballos. Ya no tenía mucho sentido seguir ahí. Disfruto preparar un caballo para correr, no para noviar.

Cuando fui a explicar a Servis que me iba, me contó un proyecto que incluía llevar a Smarty al Uruguay, un pais sudamericano donde el Haras Cuatro Piedras estaba desarrollando un proyecto de corredores. Me preguntó si me animaba a acompañar a Smarty en el avión para que tenga una voz conocida en su nuevo destino, de paso podía recomendarme con la Arquitecta Rosas, la dueña del Haras. Me dijo que era gente seria, gente de caballos.


Dormí inquieto casi un mes. Todos los días averigüé algo distinto de Uruguay. Que hablaban español. Que era un país tranquilo, de gente educada. El Haras quedaba en Canelones, una zona agrícola. Busqué y leí que lo manejaba Juan Milat, un uruguayo de unos cincuenta años que sabía de carreras. Esa noche ya no me costó dormir. Me desperté temprano como siempre, cerca de las seis con una decisión tomada. Busqué a Servis y le dije que me iría a Uruguay con Smarty.

Unos días más tarde aterrizaba en el Aeropuerto de Montevideo. Nos esperaban cientos de fanáticos que habían ido hasta ahí para ver bajar al campeón. Le hablé al amigo en nuestro idioma y bajamos juntos, tranquilos, vencedores, casi como en Kentucky.
Ya hace unos años de eso. Milat me contrató por una temporada y nos llevamos bien. Fuimos estirando los años. Aprendí a tomar mate. Recibo a Smarty todos los años. Sigo dándole el primer amanse a los potrillos. Lo ayudo a ojear a los que pueden ser buenos y los veo crecer. Hoy están de remate y si tuviera unos pesos guardados los pondría en un potrillo que creo será un campeón, tiene “la sangre, los vasos y el corazón para serlo."


Juan José Esquerre Pasco

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